El mejor regalo: Mi Padre

Nunca hubiera conocido un amor tan incondicional como el tuyo si el destino no cruza a mi mamá en tu camino. Ella conmigo en el vientre se encontraba en una situación desesperante cuando apenas era una joven de poco más de veinte. Tú llegaste y le diste a ella y a mi la esperanza de pertenecer a la familia con tus hijos que se habían quedado huérfanos poco más de un año. Su mamá se fue al cielo y les dejó un vacío que sería imposible llenar.

Mi madre en ti encontró consuelo y yo la dicha de tener un papá. De esta forma me refiero a ti porque mi corazón no tiene otra definición para describirte. Eras para mi más que un padre, mi protector, y sé que lo hacías con mucho amor, aunque tenías tus hijos que cuidar. Ni siquiera la llegada de mi hermanito cambió tu corazón o el respaldo que siempre me diste con todo el amor de padre que eligió para mi nuestro Señor.

Podía contarte mis alegrías, también mis penas sin temor a que te enojaras. Más bien en ti encontraba el consejo acertado que dan con el corazón los padres que como tú se preocupaban por hijos ajenos. También le diste amor a mis hijos y criaste el mayor hasta que a mí me sonrió el destino. Te debo el honor de criarme al lado de un jíbaro agricultor del pueblo de los samaritanos que tanto admiraban los amigos y vecinos de nuestro barrio.

Si así no hubiera sido me hubiera criado en la costa oeste de nuestra Isla con otros hermanos que conocí más tarde en mi vida. A ellos también les diste una sonrisa y muy buena acogida cuando llegaron a mi vida. Era yo una jovencita de trece años cuando las dos familias se juntaron. Te tenían mucha estima y hablaban de ti con gran respeto.

Un día mis hijos y yo hicimos nuestra vida y a través de la milicia nos fuimos al extranjero pero siempre te preocupaste de enviarme mis paquetes con las cosas típicas de nuestro suelo. No sé si algún día te dije lo que estos gestos marcaron en mi corazón. Sé que los enviabas con todo el cariño que tenías guardado para mí y tus nietos a quienes siempre añoraste, especialmente al mayor que criaste hasta que cumplió sus nueve años.

Lloramos juntos cuando supimos de la enfermedad que se cruzó en tu camino. Fueron años de incertidumbre y desconsuelo. Luchaste como un guerrero hasta que un día nos dijiste adiós por un momento. Hace ya casi treinta años de tu partida, pero todavía no pasa un día cuando no le hagas falta a todos en la familia. La vida sin ti no es la misma.

Nadie puede llenar el vacío que dejaste con tu partida. Gracias por darme el ejemplo de aceptación, hoy está marcado en mi corazón cuando me tocó amar a algunos de mis nietos que llegaron así como llegué yo a tu vida.

De ti aprendí que no debe haber diferencia en el amor que se brinda a los que Dios nos da como herencia para que amemos y cuidemos. Te extraño padre querido y vivo con la esperanza de volverte a ver algún día.

Aquí te dejo la canción que solía ponerte en el tocadiscos en tu día.

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