Estebania

Ella no era cualquier muchacha de barrio. Su altura y su postura la destacaban a lo lejos. Solía bajar hasta mi casa todas las tardes para tomarse un café con mi madre. Le gustaba vestir una bata corta que mostraba sus piernas hermosas. Ella la llamaba la bata loca. Traía en el bolsillo su perrito chihuahua bien guardado para que no lo vieran los otros perros cuando bajaba la jalda.

Mi madre y ella tenían la costumbre de compartir un cigarrillo “Parliament”, símbolo de la amistad estrecha que compartían. Los días que ni se encontraban una o la otra dejaba media golilla para que quien la encontrara la terminara. Cosas de amigas que contaban con una diferencia de edad que no les importaba ni hacía diferencia en su relación estrecha.

Siempre me pedía que le hiciera las uñas, aunque yo era mucho más chica. Esta amistad fue desde mi niñez hasta que un día ella partió a mejor vida. De mi madre la mejor amiga, a ella le contaba las aventuras y todas sus travesuras que yo no entendía en esa época.

Le pidió a mi mamá que si ella se iba primero le arreglara el esmalte con el estilo francés que me gustaba, así lo hizo mi mamá en su honor cuando de repente ella partió para nunca más volver dejándolos a todos en un profundo dolor. Yo siempre tuve presente que si quería salir con el grupo de las chicas del barrio ella era la única que me llevaría. De esas salidas todavía guardo una foto donde solo tenía once años. Aquí les dejo una copia.

Siempre se ocupaba de cuidarme no sin antes amonestarme a que me quedara callada, y no contara nada que pasara en esos paseos. No quería que le fuera con el cuento a mis padres si mis hermanas andaban de enamoramientos. Ahora que recuerdo estás cosas me da gracias y sobre todo siento mucho agradecimiento.

Ella era secretaria en una oficina de abogado en el pueblo de San Lorenzo. De ahí aprendí a amar la taquigrafía pues siempre me dejaba jugar con la antigua maquinilla. Alguna vez también logré desempeñar la profesión que me recordaba aquellos tiempos.

Recuerdo que llegó a trabajar en el hospital viejo como ayudante de enfermera. Qué bueno que ahí también pude contar con su amor cuando a mi hermana se le ocurrió que jugáramos a las enfermeras, solo que yo era la enferma. Aunque las dos nos vimos mal porque ella también tomó medicamento. Por poco este cuento no llegó a hacerles porque casi no salgo de aquel incidente.

De adulta también tuve la fortuna de trabajar a su lado cuando por cosas de la vida me encontraba en el extranjero. Ella ya vivía en Norwalk, Connecticut y cuando yo llegué para mi sorpresa me tocó trabajar no solo en la misma fábrica pero también en su mesa.

La Swank fue el epicentro de aquel nuevo encuentro, pero yo duré allí solo tres meses. Me fui de nuevo a la Isla, pero mantuvimos comunicación y los regalos a los que desde niña me había acostumbrado no se hacían esperar.

Esta era una mujer sin igual de tono y mirada firme. A nadie se le ocurría quererla enredar porque ella era sabia y muy decidida. Todavía sale en mis sueños. Debe ser el anhelo de volverla a ver algún día.

Aquí les dejo unos recuerdos que todavía guardo de ella, mi querida amiga, mi guía, mi hermana.