Dolor de Amor

Sentimiento desgarrador que despedaza tus entrañas sin que puedas hacer nada. Llegó cuando menos lo esperabas sin anunciarse y sin invitación. Enloquece al más valiente con pensamientos incoherentes mientras buscan en su mente entender porque se fue aquel amor infiel.

Tu escondido entre las sombras miras los transeúntes pasar sin que puedan percatarse como te retuerce el dolor que dejó esa desilusión. Tu espíritu vaga por la ciudad que te vio nacer mientras recorres las calles hasta llegar a la plaza donde se juraron amor eterno. A lo lejos se oyen voces y risas. No entiendes como siguen su vida cotidiana cuando tú estás muriendo por dentro.

Es una Navidad sombría. Suenan las melodías en el centro comercial que hablan de la soledad que hoy te hace llorar. La embriaguez en tu mirada muestra la esperanza de reencontrase con la imagen que está grabada en su interior. ¿Dónde se esconde la ilusión de aquel amor que rompió tu corazón?

No prestas atención a los peligros de las vías cuando caminas como fantasma al que no le importa dejar este mundo y desaparecer por completo. Pedir ayuda es imposible cuando faltan palabras para describir este sentimiento hasta ahora desconocido. En tu semblante se refleja lo que llevas por dentro, no hay manera de ocultar tus sentimientos.

Ninguno se acerca para darte consuelo por miedo a fracasar en el intento. No hay dolor que se pueda comparar, ni siquiera alguno es igual. Tú te agarras a la esperanza. Aun cuando aquel amor no regrese lograrás dejar pasar el tiempo y sanar. Las cicatrices, aunque no sean visibles te recordarán el tiempo que viviste el peor de los tormentos.

Estebania

Ella no era cualquier muchacha de barrio. Su altura y su postura la destacaban a lo lejos. Solía bajar hasta mi casa todas las tardes para tomarse un café con mi madre. Le gustaba vestir una bata corta que mostraba sus piernas hermosas. Ella la llamaba la bata loca. Traía en el bolsillo su perrito chihuahua bien guardado para que no lo vieran los otros perros cuando bajaba la jalda.

Mi madre y ella tenían la costumbre de compartir un cigarrillo “Parliament”, símbolo de la amistad estrecha que compartían. Los días que ni se encontraban una o la otra dejaba media golilla para que quien la encontrara la terminara. Cosas de amigas que contaban con una diferencia de edad que no les importaba ni hacía diferencia en su relación estrecha.

Siempre me pedía que le hiciera las uñas, aunque yo era mucho más chica. Esta amistad fue desde mi niñez hasta que un día ella partió a mejor vida. De mi madre la mejor amiga, a ella le contaba las aventuras y todas sus travesuras que yo no entendía en esa época.

Le pidió a mi mamá que si ella se iba primero le arreglara el esmalte con el estilo francés que me gustaba, así lo hizo mi mamá en su honor cuando de repente ella partió para nunca más volver dejándolos a todos en un profundo dolor. Yo siempre tuve presente que si quería salir con el grupo de las chicas del barrio ella era la única que me llevaría. De esas salidas todavía guardo una foto donde solo tenía once años. Aquí les dejo una copia.

Siempre se ocupaba de cuidarme no sin antes amonestarme a que me quedara callada, y no contara nada que pasara en esos paseos. No quería que le fuera con el cuento a mis padres si mis hermanas andaban de enamoramientos. Ahora que recuerdo estás cosas me da gracias y sobre todo siento mucho agradecimiento.

Ella era secretaria en una oficina de abogado en el pueblo de San Lorenzo. De ahí aprendí a amar la taquigrafía pues siempre me dejaba jugar con la antigua maquinilla. Alguna vez también logré desempeñar la profesión que me recordaba aquellos tiempos.

Recuerdo que llegó a trabajar en el hospital viejo como ayudante de enfermera. Qué bueno que ahí también pude contar con su amor cuando a mi hermana se le ocurrió que jugáramos a las enfermeras, solo que yo era la enferma. Aunque las dos nos vimos mal porque ella también tomó medicamento. Por poco este cuento no llegó a hacerles porque casi no salgo de aquel incidente.

De adulta también tuve la fortuna de trabajar a su lado cuando por cosas de la vida me encontraba en el extranjero. Ella ya vivía en Norwalk, Connecticut y cuando yo llegué para mi sorpresa me tocó trabajar no solo en la misma fábrica pero también en su mesa.

La Swank fue el epicentro de aquel nuevo encuentro, pero yo duré allí solo tres meses. Me fui de nuevo a la Isla, pero mantuvimos comunicación y los regalos a los que desde niña me había acostumbrado no se hacían esperar.

Esta era una mujer sin igual de tono y mirada firme. A nadie se le ocurría quererla enredar porque ella era sabia y muy decidida. Todavía sale en mis sueños. Debe ser el anhelo de volverla a ver algún día.

Aquí les dejo unos recuerdos que todavía guardo de ella, mi querida amiga, mi guía, mi hermana.

El mejor regalo: Mi Padre

Nunca hubiera conocido un amor tan incondicional como el tuyo si el destino no cruza a mi mamá en tu camino. Ella conmigo en el vientre se encontraba en una situación desesperante cuando apenas era una joven de poco más de veinte. Tú llegaste y le diste a ella y a mi la esperanza de pertenecer a la familia con tus hijos que se habían quedado huérfanos poco más de un año. Su mamá se fue al cielo y les dejó un vacío que sería imposible llenar.

Mi madre en ti encontró consuelo y yo la dicha de tener un papá. De esta forma me refiero a ti porque mi corazón no tiene otra definición para describirte. Eras para mi más que un padre, mi protector, y sé que lo hacías con mucho amor, aunque tenías tus hijos que cuidar. Ni siquiera la llegada de mi hermanito cambió tu corazón o el respaldo que siempre me diste con todo el amor de padre que eligió para mi nuestro Señor.

Podía contarte mis alegrías, también mis penas sin temor a que te enojaras. Más bien en ti encontraba el consejo acertado que dan con el corazón los padres que como tú se preocupaban por hijos ajenos. También le diste amor a mis hijos y criaste el mayor hasta que a mí me sonrió el destino. Te debo el honor de criarme al lado de un jíbaro agricultor del pueblo de los samaritanos que tanto admiraban los amigos y vecinos de nuestro barrio.

Si así no hubiera sido me hubiera criado en la costa oeste de nuestra Isla con otros hermanos que conocí más tarde en mi vida. A ellos también les diste una sonrisa y muy buena acogida cuando llegaron a mi vida. Era yo una jovencita de trece años cuando las dos familias se juntaron. Te tenían mucha estima y hablaban de ti con gran respeto.

Un día mis hijos y yo hicimos nuestra vida y a través de la milicia nos fuimos al extranjero pero siempre te preocupaste de enviarme mis paquetes con las cosas típicas de nuestro suelo. No sé si algún día te dije lo que estos gestos marcaron en mi corazón. Sé que los enviabas con todo el cariño que tenías guardado para mí y tus nietos a quienes siempre añoraste, especialmente al mayor que criaste hasta que cumplió sus nueve años.

Lloramos juntos cuando supimos de la enfermedad que se cruzó en tu camino. Fueron años de incertidumbre y desconsuelo. Luchaste como un guerrero hasta que un día nos dijiste adiós por un momento. Hace ya casi treinta años de tu partida, pero todavía no pasa un día cuando no le hagas falta a todos en la familia. La vida sin ti no es la misma.

Nadie puede llenar el vacío que dejaste con tu partida. Gracias por darme el ejemplo de aceptación, hoy está marcado en mi corazón cuando me tocó amar a algunos de mis nietos que llegaron así como llegué yo a tu vida.

De ti aprendí que no debe haber diferencia en el amor que se brinda a los que Dios nos da como herencia para que amemos y cuidemos. Te extraño padre querido y vivo con la esperanza de volverte a ver algún día.

Aquí te dejo la canción que solía ponerte en el tocadiscos en tu día.