RED ROSE DAY REMINDS ME OF MY MOM

My mom’s name is Rosa (Rose in English), and she happens to love roses very much. Today as we celebrate Red Roses day, I will honor my mom writing about her. It has been a couple of years since I saw her last and I miss her tremendously.

Last year she had Covid due to exposure from one of her caregivers. Four full days before she went to the hospital, after experiencing feelings of tiredness, we thought it was due to recent foot surgery and the effects of the anesthesia. She didn’t’ develop other symptoms, just exhaustion, and low oxygen levels. It was hard to know she was all alone in that hospital, in another state. I’m grateful she kept her phone and could talk to me every day.

The Covid treatment was very severe but she made it. Her nurses treated her with the utmost respect, care, and love. The nurses even jumped over her to hold her tight when the injections she received made her scream with pain. My mom is 83 years old and while her walk is slow, her mind is sharp as ever. I don’t know when I will see her or if I will ever see her in person again.

I have a terrible fear of cars and from New York to Connecticut is a long way to be in one of them. She is brilliant and we facetime almost every day. I’m thankful for the tools that allow staying close even during difficult times. I love you, mom! You are my rock, friend, and inspiration to stay strong.

El nombre de mi mamá es Rosa (Rose en inglés), y le encantan las rosas. Hoy, mientras celebramos el día de las Rosas Rojas, honraré a mi mamá escribiendo sobre ella. Han pasado un par de años desde la última vez que la vi y la extraño muchísimo.

El año pasado tuvo Covid cuando la muchacha que la cuidaba la expuso sin decirle. Cuatro días antes de que fuera al hospital, después de experimentar sensación de cansancio, pensamos que se debía a una cirugía reciente del pie y a los efectos de la anestesia. Ella no desarrolló otros síntomas, solo agotamiento y bajos niveles de oxígeno. Era difícil saber que estaba sola en ese hospital, en otro estado. Estoy agradecida de que ella se quedara con su teléfono y pudiera hablar conmigo todos los días.

El tratamiento de Covid fue muy severo pero lo logró. Sus enfermeras la trataron con el mayor respeto, cuidado y amor. Las enfermeras incluso saltaban sobre ella para abrazarla fuerte cuando las inyecciones que recibió la hacían gritar de dolor. Mi mamá tiene 83 años y, aunque camina lento, su mente está más aguda que nunca. No sé cuándo la veré o si la volveré a ver en persona.

Tengo un miedo terrible a los coches y de Nueva York a Connecticut es un largo camino para estar en uno de ellos. Ella es brillante y nos hablamos en la cámara del teléfono casi todos los días. Estoy agradecido por las herramientas que permiten estar cerca incluso en tiempos difíciles. ¡Te quiero, mami! Eres mi roca, mi amiga y mi inspiración para mantenerme fuerte.

Estebania

Ella no era cualquier muchacha de barrio. Su altura y su postura la destacaban a lo lejos. Solía bajar hasta mi casa todas las tardes para tomarse un café con mi madre. Le gustaba vestir una bata corta que mostraba sus piernas hermosas. Ella la llamaba la bata loca. Traía en el bolsillo su perrito chihuahua bien guardado para que no lo vieran los otros perros cuando bajaba la jalda.

Mi madre y ella tenían la costumbre de compartir un cigarrillo “Parliament”, símbolo de la amistad estrecha que compartían. Los días que ni se encontraban una o la otra dejaba media golilla para que quien la encontrara la terminara. Cosas de amigas que contaban con una diferencia de edad que no les importaba ni hacía diferencia en su relación estrecha.

Siempre me pedía que le hiciera las uñas, aunque yo era mucho más chica. Esta amistad fue desde mi niñez hasta que un día ella partió a mejor vida. De mi madre la mejor amiga, a ella le contaba las aventuras y todas sus travesuras que yo no entendía en esa época.

Le pidió a mi mamá que si ella se iba primero le arreglara el esmalte con el estilo francés que me gustaba, así lo hizo mi mamá en su honor cuando de repente ella partió para nunca más volver dejándolos a todos en un profundo dolor. Yo siempre tuve presente que si quería salir con el grupo de las chicas del barrio ella era la única que me llevaría. De esas salidas todavía guardo una foto donde solo tenía once años. Aquí les dejo una copia.

Siempre se ocupaba de cuidarme no sin antes amonestarme a que me quedara callada, y no contara nada que pasara en esos paseos. No quería que le fuera con el cuento a mis padres si mis hermanas andaban de enamoramientos. Ahora que recuerdo estás cosas me da gracias y sobre todo siento mucho agradecimiento.

Ella era secretaria en una oficina de abogado en el pueblo de San Lorenzo. De ahí aprendí a amar la taquigrafía pues siempre me dejaba jugar con la antigua maquinilla. Alguna vez también logré desempeñar la profesión que me recordaba aquellos tiempos.

Recuerdo que llegó a trabajar en el hospital viejo como ayudante de enfermera. Qué bueno que ahí también pude contar con su amor cuando a mi hermana se le ocurrió que jugáramos a las enfermeras, solo que yo era la enferma. Aunque las dos nos vimos mal porque ella también tomó medicamento. Por poco este cuento no llegó a hacerles porque casi no salgo de aquel incidente.

De adulta también tuve la fortuna de trabajar a su lado cuando por cosas de la vida me encontraba en el extranjero. Ella ya vivía en Norwalk, Connecticut y cuando yo llegué para mi sorpresa me tocó trabajar no solo en la misma fábrica pero también en su mesa.

La Swank fue el epicentro de aquel nuevo encuentro, pero yo duré allí solo tres meses. Me fui de nuevo a la Isla, pero mantuvimos comunicación y los regalos a los que desde niña me había acostumbrado no se hacían esperar.

Esta era una mujer sin igual de tono y mirada firme. A nadie se le ocurría quererla enredar porque ella era sabia y muy decidida. Todavía sale en mis sueños. Debe ser el anhelo de volverla a ver algún día.

Aquí les dejo unos recuerdos que todavía guardo de ella, mi querida amiga, mi guía, mi hermana.