Anhelos

Oh, los anhelos de mi amor insanos.
Quiero empañar tus límpidos cristales
Y ver palidecer esos corales
Sobre las perlas de tu boca ufanos.

Quiero que llore, herida en sus arcanos,
Tu fuente de rosados manantiales
Y que tiemble en tus tiernos maizales
La panoja rindiéndome sus granos.

Yo quiero ser tu vórtice y tu freno;
En el oleaje de tu amor, la roca;
Noche en el sol de tu mirar sereno;

Sol en la noche que tu trenza evoca;
Serpiente en los nidales de tu seno;
Y abeja en los panales de tu boca.

El sueño de volver a mi patria vive dentro de mí sin fecha de expiración. Las talas y los montes de mi isla me llaman con imágenes que viven en mis recuerdos y mis propios anhelos. Quiero pisar el suelo donde di mis primeros pasos y recibí los primeros abrazos de mis padres, mis hermanos y mis abuelos. En el alma se encuentra el vacío del terruño mío que estremece mi ser y mi sentir. No puedo predecir cuándo será el día de volver a disfrutar la vista frente al mar o saborear un plato de mariscos hecho como solo en Puerto Rico los he visto.

A diario me gusta leer las poesías que exaltan la belleza de mi patria y el recuerdo de su gente, su música y su variedad.  Hermosas aquellas que escribía Gautier, Lola Rodríguez de Tío y otros que encontraban inspiración en sus campos, su verdor o las mujeres bellas de una isla tan pequeña en circunferencia, pero no en inspiración para estos grandes poetas.

Abrázate conmigo en esta página que nos unirá a compartir un poco más de los recuerdos que atesoramos en nuestra mente y nuestros sentimientos. Compartamos un rato lo que muy guardado llevamos, encerrado en el corazón, las cuitas que dejó la partida que nos alejó de la montaña, el llano, las quebradas y los ríos que fueron nuestro refugio al jugar como niños brincando la alambrada del vecino. Esas son las vivencias que con frecuencia compartimos cuando lejos nos encontramos sin entender cómo la vida o el destino así lo quiso.

Mantén prendida la esperanza que ayuda a mitigar el dolor y la frustración que llegan en momentos dónde sabemos que la celebración de las fiestas navideñas no tendrá el mismo sabor que las navidades puertorriqueñas. Las parrandas tocando aguinaldos frente a la casa no se dan en esta ciudad donde en navidad hace mucho frío. Ya no está mi papá para que le abra la puerta al vecino. Mi mamá también se mudó a este país conmigo. Ellos ya no están para preparar la mesa con los manjares que deleitaban todos cuando entraban a la casa. Las galletitas dulces, las avellanas, las pasas, el vino y todas las ricuras típicas no se sirven durante las fiestas de fin de año aquí donde vivo. Aunque así fuera nunca tendrán el sabor como las que mi madre con mucho amor le servía a la parranda que entraba con sonrisas y algarabía entonando canciones típicas a nuestra casa en Cerro Gordo.

El primo, querido primo que se quedaba dentro del carro en el batey esperando que llegaran los próximos a deleitar con la sinfonía, el cuatro y la guitarra para unirse de nuevo esa noche a la doceava parranda en nuestra casa se mudó a entonar aguinaldos con el coro celestial. ¿Ven cuéntame tus historias, la de tus viejos y la de tus abuelos, o es que todavía estás bendecido viviendo en ese bendito suelo?

 Estaré esperando frente a la pantalla que nos permite unirnos en sentimiento y cuentos similares.

Recuerdos de mi Isla

Vivimos de los recuerdos lindos que flotan en nuestra mente acerca de la patria, nuestras costumbres y nuestra gente. Es gracioso ver cómo una simple foto de un rancho o una tala de maíz en una página de internet es todo lo que se necesita para que la familia y los vecinos comiencen a compartir sus propios recuerdos. Hoy unos volvieron al barrio después de largos años fuera, otros nos hemos quedado donde nos envió la milicia, la vida o el destino. Todo cambia con el tiempo y aún más cuando has estado alejado sin ser parte de esos cambios. Ya van a ser 31 años desde que dejé mi Isla y es increíble la transformación que ha sufrido. Unas transformaciones son positivas y como es de esperar, otras no lo son. No hablo solo de la infraestructura que por cierto, es increíblemente diferente para mí que no visito a menudo. Todavía no construyen el mentado puente del que todos bromeaban cuando estábamos chicos y lo que según decíamos facilitaría los viajes a casa los fines de semana para los que se habían ido. Yo me fui a los 27 años, tuve la oportunidad de conocer muchas áreas en los pueblos cerca y al otro lado de la Isla, pero hoy me es muy difícil manejar y encontrar las calles y los puentes nuevos que facilitan la transportación.

Mi Isla, Puerto Rico, tiene un verdor que no he encontrado en ninguna otra de las que he visitado en el Caribe. He tenido la oportunidad de estar en varias mientras disfrutaba de algunos cruceros. No si es nostalgia, amor o añoranza por estar en el suelo que me vio nacer lo que hace la diferencia. Al presenciar ese sol caliente y esas montañas hermosas a lo lejos me embriaga una paz y unos deseos inmensos de nunca más separarme de ella.

Si a toda esta belleza de la naturaleza le añades unas alcapurrias en Piñones, lechón asado en Isla Verde, pastelillos de Chapín tanto en Naguabo como en Isabela, y camarones al ajillo en Joyuda, en fin, no terminaría hoy de mencionar tanta delicia.

—¿Cómo te sientes tú? —me pregunto mientras escribo estas letras.

—¿Qué trae a tu memoria tanta hermosura y tanta delicia?

Cambiaron las calles y quizás nos tome un tiempo y hasta un mapa para encontrar nuestro norte, pero jamás para sentirnos en casa en nuestra hermosa patria. Si tienes mi misma suerte tendrás una amiga o amigo que te vaya a buscar al puerto o al aeropuerto y te carreteé por la isla mientras paras por unas horas, unos días o una semana como fue mi última estadía.  Hay cosas que nunca cambian y es el amor incondicional de aquellas viejas amistades con las que creciste, aunque la mayor parte de los vecinos ahora son los niños que crecieron y forjaron sus propias familias.

Cuéntame de donde son tus memorias y cuáles sentimientos se manifiestan en tu corazón al compartir este texto.

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